La literatura, las palabras, tienen el don de transformar
la realidad real –no la realidad contada y pesada– sino la
realidad verdadera, la de la imaginación.
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Hubo un tiempo en la antigüedad en que a los viajeros
relatores de nuevas tierras y pueblos se les exigía
veracidad como manifestación de credibilidad.
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La lectura, que, en su forma más fiel a nuestro interior
ha de tener ese algo de oración –por ello mismo posee la
condición noble de la compañía sentiente– es, o ha de ser
adoptada, como un lazo amistoso y un bien.